Innovación y negocios

A muchas personas no les gusta la expresión negocios para referirse a la actividad empresarial porque tiene para ellos algunas connotaciones negativas. Sin embargo, parémonos un minuto a pensar que es un negocio. De entrada y etimológicamente hablando es el no- ocio, la negación del ocio. Expresa la ocupación en una actividad que necesita atención, sobre todo la búsqueda de clientes o compradores. Pero lo que de verdad nos interesa son los buenos negocios.

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¿Qué es un buen negocio? Los mejores negocios son aquellos que procuran retornos económicos sostenidos en el tiempo, es decir no son volátiles. Además esos retornos deben ser apropiables, deben ir a parar a nuestro bolsillo, para reinvertir en la actividad, y es mejor que sean escalables, para poder hacer aportaciones para financiar un crecimiento paulatino. Para rematar les pediremos a los buenos negocios que sean socialmente responsables, en la producción, en las relaciones laborales, que no produzcan daño ambiental, y si puede ser que obtengan beneficio social. Los buenos negocios son entonces: rentables económicamente, sostenibles durante un tiempo, no volátiles, escalables y socialmente responsables. No son negocios, los pelotazos, la usura y la especulación.

Si definimos así los negocios no parece entonces atrevido que afirmemos que la innovación, incluida la innovación social,, lo es si procura buenos negocios. De hecho ese sería el máximo objetivo deseable de la misma. Por el contrario la innovación que no terminara en negocio no sería innovación. Si adoptamos este punto de vista las consecuencias son importantes para la actividad empresarial y para las políticas públicas de apoyo.

Primero, no puede haber inversión indefinida en investigación. Si el conocimiento de desarrollo o investigación no llega al mercado, los fondos se agotan. Todos los investigadores deberían gestionar sus fondos planificando retornos a corto plazo.

Segundo, solo se sabe si algo es innovador cuando ha pasado el tiempo y el mercado ha juzgado. Las implicaciones para los que tienen que decidir si se financia o no una idea son importantísimas. Los evaluadores de proyectos deben reconocer su incapacidad para saber sin una idea y proyecto embrionario tendrá negocio en el futuro o no. Nadie lo sabe. Para financiar proyectos en condiciones de incertidumbre solo existe una solución y es apostar parcialmente a los proyectos como hacen los fondos de capital riesgo que entregan dinero en rondas, otorgando financiación a medida que se avanza en objetivos parciales. Todo lo demás es pura arbitrariedad.

Tercero, y para que crezca nuestra cultura social innovadora, deberíamos adoptar un vocabulario finalista. Innovación es solo lo que tiene detrás un negocio. Si le pongo un GPS a unas vacas para que no se pierdan en el campo (visto en un Teleberri) eso no es una innovación, es una prueba piloto. No sabemos si será producto, si el precio será aceptable, si tendrá compradores… Cuantas veces hemos visto supuestas innovaciones tecnológicas que iban a cambiar el mundo y de las que nunca más se supo.

Los que trabajamos en innovación, no en investigación o en desarrollo, sabemos de la importancia de los pasos para llegar al mercado, buscar un segmento de clientes, tener unos precios adecuados, establecer el catálogo de servicios, le entrega, la logística y la distribución, la marca etc. para hacer que una idea se convierta en un negocio. Y sabemos cuántas supuestas buenas ideas nunca son producto ni alcanzan el mercado.

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